Los laberintos escriturales e imaginarios de estos cuentos remiten a Borges y Nabokov; la soledad, y desorientación de los personajes a Kafka y Onetti. Paz Soldán ha asimilado todas las influencias hasta dar con un registro propio, en el que la apariencia inocente de la historia coexiste con la obsesión, y lo perverso se muestra más cotidiano que extraño.
El mundo y sus fantasmas se nos ofrecen aquí de una manera alucinada y perpleja. En estos textos predominan el humor negro y la ironía, una visión escéptica de la vida que estremezca la ternura con el terror.
Con inusual inteligencia narrativa, un lenguaje tan preciso como contundente, y tramas llenas de suspenso que culminan en finales sorpresivos, Edmundo Paz Soldán nos entrega estos cuentos breves en los que la realidad cotidiana ha sido pulimenta da hasta revelarnos su lado misterioso.
Vea por ejemplo la gramática del cuento Veintisiete de abril:
"Era el cumpleaños de Pablo Andrés y decidí obsequiarle la cabeza de Daniel, perfumada y envuelta con elegancia en lustroso papel café. Supuse que le agradaría porque, como casi todo buen hermano menor, odiaba a Daniel, y no soportaba ni sus ínfulas ni sus cotidianos reproches.
Sin embargo, apenas tuvo entre sus manos mi regalo, Pablo Andrés se sobresaltó, comenzó a temblar y a sollozar preso de un ataque de histeria. La fiesta se suspendió, los invitados nos quedamos sin probar la torta, alguien dijo son cosas de niños, y yo pasé la tarde encerrado en mi dormitorio, castigado, y sintiéndome incomprendido."